Crownwar
La historia de la Corona, la noche en que fue forjada, y los pueblos que hoy se disputan su legado.
En tiempos muy, muy lejanos –cuando los árboles milenarios eran apenas tímidos brotes–, existió una noche que reunió a cuatro sabios y abrazó con la luz de sus estrellas el comienzo de una historia que aguardaba frente al fuego una ansiada aunque insólita respuesta.
Si alguien los hubiera visto reunidos, pensaría que eran dioses. Resultaba difícil atribuir su claridad y su bondad a criatura mundana alguna; lo cierto es que cada uno de ellos venía desde pueblos remotos que decidieron dejar de temerse por el tiempo suficiente para construir algo único.
La historia cuenta que en aquel invierno el cielo era una herida abierta que goteaba fuego, y que las montañas temblaban como bestias heridas anunciando que algo moría en el centro del mundo. Los ríos huían, los animales imploraban su propia muerte y las lenguas se desvanecían hasta desdibujar los lindes entre hombres y bestias. Entonces cada pueblo, apremiado por el desastre, envío en su nombre al más sabio de su linaje con un talego de piedras preciosas a modo de ofrenda, cada una reflejo de sus propios montes, cuevas y arenas.
Se reunieron en el sauce más cercano a la luna y elucubraron al calor del fuego. El sabio de los bosques quería sanar la herida como sana el amor de la naturaleza: con raíces, con paciencia, con años que ninguno entonces poseía. El de la montaña insistía en sellarla a martillo y fuego, con la dureza implacable de quién desanda la grieta en los macizos. El de las arenas –el más silencioso de los cuatro– proponía algo que a los otros les sonó casi a herejía: no atacar la herida ni cerrarla, sino negociar con ella, entenderla y poner un precio a su silencio. Y el más pequeño de los sabios –hijo errante de la curiosidad, el que había venido representando a los que se esconden y observan–, sólo pedía esperar, por si acaso el mundo, como tantas otras heridas, terminaba por confabular su propia sanación.
Pero entonces el viento susurró, y tan intenso fue su susurro que delineó el entendimiento entre cada criatura.
«Ninguno de vosotros basta por sí mismo al dolor del mundo; dadle a la herida algo que améis, y dejad que se corone su gracia allí donde los pueblos serán uno.»
Depositaron las piedras junto al fuego, y durante toda la noche –que fue larga como sólo pueden serlo las noches en que el mundo decide su destino–, trabajaron sin descanso, forjando una corona para ningún rey; una corona destinada al sauce que nacería de los restos del fuego forjador y que bebería de las cuatro tierras a partir de esa noche. Cuando el alba acarició la colina y el cielo por fin dejó de sangrar, había sobre las brasas una corona hecha de cada cristal del mundo conocido. Los sabios se miraron entre sonrisas de alivio y en un pacto silencioso establecieron una máxima tan desesperada como necesaria: se ha coronado la tierra de todos y de nadie y, suspendida entre las raíces altas y húmedas donde las nubes descansan, vivirá eternamente como un recordatorio de la noche en que los pueblos trabajaron codo a codo por amor a su tierra.
Así, sobre la colina que no pertenecía a ningún reino porque pertenecía a todos, quedó suspendida la Corona a merced de la savia de las cuatro tierras, espejo fiel de una luna que nunca la abandonaría. Hombres, dioses y bestias llegaron desde cada rincón del planeta para adorar su belleza. La contemplación era, en realidad, la admiración más profunda de su virtud. Una mezcla de equilibrio, autoridad e integridad que encandilaba con su gracia a quién se atreviera a mirarla.
Pero no hay historia ni tiempo que resista el hambre de poder y de traición y, un día, incontables siglos más tarde, la corona desapareció. Un viejo aldeano, el más anciano de la Acrópolis de Los Arcanos, atravesó tormentas y padeció hambre durante quince noches para llegar a conocerla. Cuando vio al Sauce desnudo, lloró hasta que la tristeza se volvió muerte. Se corrió la voz y los pueblos se levantaron, clamaron al cielo y al infierno por justicia, y amanecieron en una angustia olvidada que fue, poco a poco, transformando el dolor en acción.
La Guerra por la Corona comenzaría entonces como una tímida tentativa de restablecer el orden a manos de los Elfos del Cénit y hoy –a cuatrocientos años de su enigmática ausencia– amenazaría con desconocer a costa de odio y sangre los cimientos que un día cambiaron el destino de todo lo viviente.
El bosque de los Eldrasi se enciende de pronto. Desde la costa a las montañas se habla siempre con fascinación de su amanecer abrupto y para los druidas es aquello motivo de gran orgullo. ¿Cómo podrían no sentirse orgullosos de esa tierra fértil, vestida de todos los tonos de verde imaginables, que recibe al sol como si él contara, ansioso, los segundos cada noche para volver a iluminar sus vidas?
Selenia ya está despierta cuando ocurre. Se recupera de una carrera sentada sobre un tronco y con Lumix enroscado en su regazo: la dulzura de los suyos es ama y señora del bosque. Un animal del tamaño de un zorro pequeño, de pelaje color polvo de atardecer y unas orejas hechas de plumón rosado que se erizan solas cuando algo lo inquieta; carga en la espalda un par de alas translúcidas que vibran como agua cristalina, y entre las patas delanteras, una esfera violácea y diminuta que revela al mundo su ánimo, a menudo muy a su pesar.
—¿Te has quedado sin aire, Lumix? Voy a darte un respiro, pero queda claro quién es la ganadora, ¿no? –Dice la druida al tiempo en que besa una de sus orejitas.
Lumix respondió con una mirada resignada y el titilar de su propio brillo, que esa mañana estaba atípicamente oscuro.
Selenia no le da importancia. Lleva dieciséis veranos recorriendo ese bosque que, según le enseñaron desde niña, sangra en silencio desde hace cuatrocientos años. Los druidas piensan que cada cristal arrancado de la tierra con un propósito corrupto es una herida más que la savia del mundo no logra sanar. Y Selenia se obligó a aprender, para sobrevivir a esa clase de herencia, que en su naturaleza habita una responsabilidad voraz frente al bosque que más temprano que tarde deberá revelar. Su familia no eran druidas cualquiera: eran –contaba su padre en las noches en que se permitía profundizar–, el linaje del primer guardián que veló el Sauce tras la noche de la forja, y esa memoria pesaba distinto según quién la cargara. A su padre lo volvía paciente. A su tío, cada vez con más frecuencia, lo volvía errático y obsesivo.
A muchas leguas de ahí, donde el bosque generoso termina y el cielo se vuelve un territorio con fronteras establecidas, la mañana llega despacio y sin prisa. Sobre la ciudad suspendida de Cénit, el riguroso Consejo de la Divina Gobernanza, encabezado por la canciller Ilyndra Voss, comienza a definir piedra por piedra y cláusula por cláusula el nuevo perfeccionamiento de su civilización ya perfecta. Se disponen a revisar una vez más los informes que cada mañana revisan desde hace más de un siglo: patrullas activas, costos de mantención, natalidad, edificación sustentable, longevidad, calidad de vida y libros de cuentas. Porque para los elfos todo mundo es perfectible, porque se saben metódicos, calculadores y profundamente inteligentes. Y por eso no es de extrañar que en cada consejo dediquen minutos de concienzudo análisis al problema que va más allá de los lindes de su país feliz: el paradero de la Corona forjada en la Tierra de Todos.
Fueron los suyos, dice la leyenda que la misma Ilyndra ayudó a pulir, los primeros en jurar sobre el Sauce que restaurarían el orden robado. Cuatro siglos después, ese juramento sigue siendo cierto. Y como testigos constantes del salvajismo y la imperfección del resto de las civilizaciones, han puesto sobre sus hombros la responsabilidad de hallar y custodiar la corona cueste lo que cueste.
Ilyndra lo ha dicho sin miramientos, de cara a sus coterráneos pero también al resto del universo: la corona no volverá para coronar al Sauce, sino para permanecer a la sombra de la espada de sus caballeros, quienes pagaran con su vida y honor cualquier peligro. Los ojos de la canciller no guardan ambición, sólo la fría certeza de que el orden verdadero debe ser administrado por quienes mejor saben gobernar.
Lástima que sólo lo crea ella y su civilización impecable, porque para quiénes viven más allá de los lindes de su ciudad estelar, la mandamás de los elfos disfraza de favor al mundo su sed de control.
Por eso, cuando Selenia encuentra esa mañana a un elfo arrodillado junto al río, con las manos hundidas en la tierra prohibida y un frasco de cristal ya medio lleno de savia luminosa, no piensa dos veces antes de plantarse frente a él con la voz tan firme como puede fingirla a sus dieciséis años.
—¡Eso no es tuyo! –Dice, y el bosque entero parece contener el aire con ella.
El elfo ni siquiera se sobresalta. Se incorpora despacio, se sacude la tierra de las rodillas con una calma que a Selenia le resulta más ofensiva que cualquier grito, y guarda el frasco en su capa.
—Nada de esto es tuyo tampoco, pequeña guardiana –Responde. En su pecho brilla, discreto, un emblema de blancos y azules—. Sólo llevas más tiempo cuidándolo.
Y entonces, sin prisa, como quien no entiende de amenazas, le da la espalda y camina hacia el límite del bosque, dejando a Selenia con las manos vacías y el corazón acelerado por la intriga.
La muchacha tiene la certeza repentina de que la vieja herida de los druidas, a fin de cuentas, es un camino sin retorno a reconocer su propio poder como heroina y enemiga.
Al otro lado de las verdes colinas, Grix cayó sobre la cubierta del Yunque Errante y lo inundó con el largo estruendo de su propia carcajada. El mar en la tierra de los Durnik es bravío, tan bravío como si viviera en un embate eterno por robarle espacio a las enormes montañas.
Los dos revólveres humean en sus manos y cuando el sombrero rojo devela con el viento la determinación en su mirada, no hay marinero tras el martillo de guerra que no tema por su vida. Grix lo sabe, lo aprovecha. La fuerza descomunal y sanguinaria de los Durnik no lo intimida: no hay forajido más rápido en todo el continente.
Pero sucede que aunque el goblin no lo admita, ni es tan incapturable ni es tan forajido como se proclama. La guerra civil que mantiene en vela a los paladines no les permite hacer frente como alguna vez acostumbraron, unidos e implacables ante cualquier amenaza, a los reiterados asaltos a sus barcos; y la Acrópolis de Los Arcanos es un terruño sin patria porque, en realidad, la patria de los magos es el conocimiento mismo; esparcidos por el mundo –y compuesto indistintamente por eruditos, curiosos y hasta charlatanes–, la hermandad busca la ciencia tras todo conjuro para hacerse del secreto de los cimientos del universo. Por eso van tras la corona y proclaman, embebidos en largas conversaciones en las cloacas, una hipótesis tan extraña como impopular: que la corona está fragmentada, y no entera, como muchos esperan que sea encontrada.
Nuestro forajido no busca oro ni en esa ni en otra mañana, tampoco busca las gemas que relucen en los mercados de Cénit: busca indicios de piedras extintas y papel. Cartas, manifiestos, cualquier trazo de tinta que los Durnik, en su orgullo, hubiesen sido lo bastante torpes para dejar por escrito. Porque si algo había aprendido la Acrópolis en cuatrocientos años de charlatanería y ciencia a partes iguales, era que ningún pueblo guarda mejor sus secretos que aquel que está demasiado ocupado matándose entre sí para vigilarlos.
Se escabulle a los saltos, hay un hacha preparada para partirlo en dos en la mano del sargento Torio Ironbeard, último hombre en pie de una guardia que hacía tres generaciones custodiaba esa ruta sin que nadie se atreviera a intentarlo dos veces. Pero Grix disparó, certero, y en fracción de segundo el cerrojo saltó en pedazos. El sargento negó con la cabeza, luego sonrió.
—Este barco navega bajo la Orden del Sur –Proclamó con su voz rasposa, profunda–. Aquí no está lo que buscas, alimaña, vuelve a tu taberna de mala muerte. Cuéntale a tu tribu que mi tatarabuelo alzó este martillo la noche de la forja. ¡Eso es lo más cerca que nunca estarás de la corona!
Grix se acercó despacio, apoyó el codo sobre el cofre, le dio un par de palmadas y se acomodó el sombrero.
—¿Sabe cuántos tatarabuelos he escuchado esta temporada, sargento? Los del Yunque Alto juran lo mismo. Los del Cisma del Sur, también. Es curioso, por decir lo menos. Tres clanes, un único abuelo heroico, y ninguno se ha puesto de acuerdo todavía en qué mano sostenía el martillo. A eso, en la Acrópolis, le llamamos patraña. Ustedes le llaman fe y están dispuestos a matarse.
Entonces a Torio se le incendió el rostro en furia y de un grito llegaron hasta él tres paladines armados dispuestos a atrapar al globin. Grix saltó por su cabezas con la rapidez característica y pateó el cofre escalera abajo, ganando así tiempo precioso para apreciar su contenido. A los pies del gran camarote cayeron amatistas, rubíes, zafiros, ópalos y distintas raíces.
No encontró corona, ni fragmento, ni nada que brillara con excepcional belleza, pero si encontró –enquistado en el costado interno de una de las tablas del cofre– un cuaderno de rutas con anotaciones caóticas, envíos marcados como "material clasificado" hacia un punto de la cordillera que ningún mapa de la Acrópolis tenía todavía registrado. Lo ojeó apenas y lo metió bajo el abrigo.
Lo persiguieron en vano, aunque lo alcanzan por poco. Al goblin no le quedó más remedio que disparar frenéticamente para disipar la amenaza.
—Dile a tu Orden –dijo, ya trepando hacia la borda– que tal vez somos alimañas, pero alimañas que saben cómo conquistar la verdad.
Grix abrió el abrigo y guardó los revólveres tras un giro. Luego le dedicó a los Durnik una pequeña reverencia.
—La corona nunca fue una sola cosa, Sargento. Llevan cuatrocientos años jurándole lealtad a la mitad de la historia –Cerró.
Lo vieron perderse entre los riscos, con la marea indómita de su lado. Y el sargento Torio Ironbeard observó el arribo al puerto perdido en sus pensamientos, absorto en la posibilidad de que su versión de la historia obedeciera a interés distinto a la verdad.
Ignoraba entonces (e ignoraría durante mucho tiempo), que el mundo entero giraba entorno a la misma pregunta que Grix acababa de dejar flotando en la bodega de su barco: ¿y si nadie, en cuatrocientos años, había estado buscando bien?
Próximamente más historia para esta facción.
Los Durnik guardan su martillo de guerra tras una guerra civil que los mantiene en vela, incapaces de defender como antaño sus mares y sus rutas. Tres clanes —el Yunque Errante, el Yunque Alto y el Cisma del Sur— reclaman para sí al mismo abuelo heroico que, la noche de la forja, alzó el martillo junto al Sauce. Ninguno se pone de acuerdo en qué mano lo sostenía.
Próximamente más historia para esta facción.
La Acrópolis de Los Arcanos no tiene patria porque su patria es el conocimiento mismo. Esparcidos por el mundo, compuestos indistintamente por eruditos, curiosos y hasta charlatanes, buscan la ciencia tras todo conjuro para hacerse del secreto de los cimientos del universo. Van tras la corona sosteniendo una hipótesis tan extraña como impopular: que está fragmentada, y no entera, como muchos esperan que sea encontrada.
Próximamente más historia para esta facción.